lunes, 5 de mayo de 2014

La búsqueda.

¡Hola! Buen Lunes.

Hoy no les traigo una reseña de ningún libro, sino una historia que es parte de un libro que tiene un copilado de cuentos. Están muy buenos, elegí este porque es el que más me gustó. Está escrito por Guillermo Álvarez Castro. Su libro fue publicado dentro de la colección Lectores de la Banda Oriental.


   No había notado el peralte invertido de la curva. Cuando se dio cuenta, el auto ya había derrapado. Golpeó contra el cordón y giró varias veces hasta darse de lleno contra el ancho parapeto de granito que coronaba el muro de contención. Estuvieron a punto de caer al mar, pero el último impacto volvió el vehículo a su posición normal y el impulso lo llevó a deslizarse hasta invadir media calzada.
   La mujer murió en el acto. Él no.
   Movió los miembros lentamente, después se palpó el pecho, el vientre, la cabeza y solo encontró un par de heridas que manaban sangre suavemente. Estaba ileso ("milagrosamente ileso", habrían escrito los periodistas si hubieran podido cubrir el episodio). El auto quedó destrozado, pero él abrió con dificultad el baúl, que parecía ser lo único que permanecía intacto. Sacó tres balizas en forma de triángulo, las armó y las montó sobre sus respectivas bases.
   Tomó también una linterna y la campera-que guardaba en una bolsa y casi nunca usaba-, se puso la capucha y subió el cierre hasta el cuello porque sentía un frío helado. (Una campera de color anaranjado con tiras plateadas reflectivas, que la empresa en la que trabajaba había distribuido por razones de seguridad). Empujó la tapa con fuerza y el baúl se cerró sin dificultad. Colocó una baliza a sesenta metros del auto, otra a treinta y la última a tres. 
   Encendió la linterna y comenzó a hacerles señas a los coches que se acercaban, para que se desviaran. A nadie se le ocurrió llamar a la policía o pedir asistencia, porque pensaron que él ya lo había hecho.
   Más tarde, un hombre que viajaba en el mismo sentido que ellos, que había pasado por el lugar enseguida del accidente, que luego había salido de la ciudad y regresaba por la senda contraria, extrañado de no ver otros movimientos que no fueran los del hombre solitario que dirigía el tránsito, llamó a la emergencia. Poco después, un patrullero y dos ambulancias llegaban al lugar.
   A él nadie le prestó atención. Lo vieron tan dedicado a su tarea, su trabajo resultaba tan eficiente, que dejaron que continuara haciéndolo. Los policías y los médicos se extrañaron de no encontrar al conductor por ninguna parte. El cinturón estaba suelto y el parabrisas, roto. Supusieron que había salido despedido, pero no pudieron, en una primera incursión, encontrar el cuerpo.
   Cuando sacaron el cadáver de la mujer, él estuvo a punto de acercarse, pero pensó que alguien `podía no advertir la situación sin ayuda y chocar con el auto que se había estrellado contra el muro y que ahora permanecía en la calzada, y siguió con lo suyo. Los autos aminoraban la velocidad al ver la luz de la linterna y se desviaban ordenadamente. Después de observar el estado del  vehículo accidentado, ni siquiera se permitían acelerar.
   Varios policías más fueron llegando y algunos civiles se ofrecieron para colaborar en la búsqueda del conductor. recorrieron una distancia prudencial alejándose una media cuadra hacia cada lado, pero la explotación no arrojó ningún resultado.
   El arribo de la policía técnica coincidió con el de la camioneta de la aseguradora. El hombre, observó que, en poco rato, se había reunido una multitud. Ante esta nueva realidad, intentó concentrarse en lo que estaba haciendo. Sabía que cualquier descuido de su parte, sumado a la imprudencia de algún conductor apurado o borracho, podría provocar una tragedia. Una ráfaga de viento hizo caer una de las balizas y el corrió presuroso a levantarla. Para evitar que volviera a suceder, aseguro las bases con piedras que recogió de un bache en reparación. Un de las ambulancias había partido con el cuerpo de la mujer. La otra esperaba por si aparecía el conductor accidentado.
   Habían cubierto el cadáver con un manta demasiado corta, como siempre. Como a todas las personas que mueren en un choque, a ella también se le habían salido lo s zapatos. Se preguntó si sería imperativo que las ambulancias llevaran frazadas que nunca llegaban a tapar la totalidad de un cadáver. Como resultado, si no dejaban los pies desunidos al aire, parte de la cabeza quedaba sin cubrir. Era una constante en todos los accidetnes que le había tocado presenciar. Sintió una especie de piedad por aquella mujer cuyo cuerpo habían acostado en una camilla y mal cubierto con una manta antes de subirla al vehículo, interponiendo un velo inútil entre la vida y la muerte, anticipando la mortaja.
   Pero continuo preguntándose, sin siquiera arañar una respuesta, quien podría ser la persona que acababa de morir a su lado. Movió la cabeza de un lado a otro, como si intentara aventar un pensamiento incomodo y siguió observando la fila interminable de automóviles que se acercaba.
   Los policías de la técnica desplegaron su equipamiento por toda la zona del accidente. Examinaron las  huellas de los neumáticos sobre el pavimento y distribuyeron, en varios puntos, unos carteles circulares números, unidos a la base por una varilla de hierro. Luego cercaron la zona delimitada con una cinta amarilla de advertencia. Tomaron fotografías de toda la escena que acababan de montar, mientras él seguía sin poder recordar quién era la mujer muerta. Poco después, simplemente, dejó de preguntárselo.
   La brigada de policías y civiles siguió rastrillando la zona. Un grupo bajó con dificultad hasta las rocas, otro siguió por la vereda alumbrando la zona desde arriba. Al no encontrar nada, pronto la búsqueda se desplazó hacia un lugar más lejano, obteniendo el mismo infructuoso resultado. Finalmente, el oficial a cargo resolvió llamar a la prefectura naval para que, por la mañana, trajeran sus equipos de buzos y sus lanchas e iniciaran la búsqueda del cuerpo del conductor desaparecido.
   La medida provocó la reacción precipitada de los presentes. Los civiles que se habían presentado como voluntarios se despidieron de las autoridades y se volvieron a su casa con el agradecimiento del oficial y la satisfacción del deber cumplido. La policía técnica desmonto sus implementos y los guardó en la camioneta. Quedó solo un policía que se retiró, muerto de frío, en cuanto llego la grúa municipal. El conductor, repitiendo la rutina casi diaria, estacionó el camión, de culata contra el frente del automóvil destruido. Accionó una palanca y la plataforma se elevó del lado de la cabina, de modo que el extremo de la rampa se apoyó sobre la calzada. Tuvo dificultades para encontrar un lugar sólido en el auto, donde enganchar la eslinga. Luego encendió el cabrestante y el cable de acero comenzó a enrollarse lentamente alrededor del tambor, arrastrando el vehículo desbaratado hasta ubicarlo sobre el camión. El chófer volvió la plataforma a su posición inicial y tocó la bocina para llamar la atención del hombre que continuaba dirigiendo el tránsito. Cuando este lo miró, movió los brazos reiteradamente, cruzando las manos abiertas frente a su propia cara para indicarle que todo había terminado. 
   Él levantó la mano derecha con cansancio, dándose por enterado y devolviendo el saludo. Después recogió las balizas, las desarmó y la puso en la vereda. Sacó del bolsillo del pantalón la billetera que contenía su identificación, la libreta de conducir y las tarjetas de crédito, caminó hacia el malecón y la tiró al agua, lo más lejos que pudo. Se sentó en el cordón y se palpó los bolsillos en busca de un cigarrillo. Pero hacía mucho que había dejado de fumar.

Espero que les guste.

¡CHAU!

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